Roma siempre ha sido una especie de zona franca para las mafias italianas, no era territorio de nadie y todas podían operar en ella, aunque en realidad desde hace décadas tiene su propia orografía criminal autóctona. Varios clanes se reparten la ciudad, en un equilibrio en el que los tiros y los homicidios son esporádicos, sobre todo para no alarmar a la política y a las fuerzas del orden. Pero desde hace unos meses eso ha cambiado: van 13 bombas en cinco meses, casi la mitad la semana pasada. De noche y sin heridos, en tiendas, salas de juego, concesionarios, portales, señales de aviso. No es normal. Pero casi lo es menos que apenas sea noticia, en un país acostumbrado a ver de todo. Hablando con EL PAÍS esta semana, Roberto Saviano decía que en cualquier otra capital europea “se abriría un debate nacional, el alcalde dimitiría”, pero a menudo en Italia la violencia es un ruido de fondo, como el tráfico. En el centro de Roma, invadida por los turistas, ni se escucha. Ahora bien, en el este de la ciudad, donde sucede todo, vive un millón de personas, y no son las afueras, es clase media. Pero es el terreno de los Senese.
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