La única vez que he visto a Shakira en persona fue la noche del 25 de abril de 2003, cuando llevé a María, mi nieta, a la plaza de toros de Las Ventas en Madrid. Ella quería conocer a esa estrella tan abrasante como le pareció al niño Aureliano Buendía el hielo, cuando su padre lo llevó a conocerlo, y que muchos años después había de recordar frente al pelotón de fusilamiento. Esa presentación hizo parte del Tour de la Mangosta y recuerdo la energía volcánica que se apoderó de una plaza totalmente abigarrada de leales seguidores.
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