Más que el intérprete de canciones inolvidables, Piero fue un artista comprometido con las causas sociales, los derechos humanos y la búsqueda de la paz en América Latina. Tras su muerte, la periodista y escritora Maureén Maya Sierra, autora de su biografía, recuerda su legado musical, su exilio durante la dictadura argentina y el profundo amor que lo unió a Colombia, país que consideraba su segunda patria.
“Para ser humano estoy aquí,
de otras vidas y de otros tiempos vengo;
muero cada día por vivir,
vivo de creer en lo que invento”.
Piero.
Piero De Benedictis, el “maestro”, el “querido viejo”, el “abanderado de los imposibles”, el trovador, el intérprete del alma de los pueblos y el amigo nuestra América, falleció el pasado 7 de octubre en Buenos Aires, Argentina, su primera patria adoptiva; la segunda fue Colombia, el gran amor de su vida, y fue justamente en Bogotá donde celebró su último cumpleaños, el 81, el pasado 19 de abril.
La noticia sobre su repentina muerte corrió veloz por el continente americano arrastrado lágrimas y lamentos; no partía un cantor popular simplemente ni un ícono musical de un tiempo de utopías posibles, ni el coautor del más bello canto de gratitud a la figura del padre “Mi viejo”. No. Con la partida de Piero moría también una parte de nuestra historia, un tiempo en el que la canción buscó retratar la vida sencilla del hombre común y despertar la conciencia social de los pueblos. Se iba el compañero de Pedro Nadie, de Juan Boliche, de Aldemar, el brasilero, de Rambo, el valiente y del pibe Ramón, el hombre que cantó a la ternura, que perseveró a pesar de los pesares, sentenció que las galaxias nos miran y agradeció la generosidad de la tierra en una canción emblemática lanzada poco después del retorno de la democracia a la Argentina; el amigo de las causas sociales, el atomizador de ideas, el rebelde con causa que nunca se cansó de buscar y soñar la paz para Colombia.
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Piero se fue, pero nunca se ira. Su coherencia, su figura sencilla de rulos, rostro pálido y gafitas de carey, como las que caracterizó al director Pejerrey en “La Sinfonía Inconclusa en ‘La’ mar”, su álbum más vendido y querido por varias generaciones de niñas y niños, incluso usado como material pedagógico para apoyar a personas con síndrome de Down, lo convirtieron en un referente para América Latina, capaz de trascender las diferencias partidistas y los enconos heredados. Si bien su corazón latía a la izquierda y había acompañado las campañas políticas de genuinos progresistas, como Rafael Correa, Evo Morales, Gustavo Petro e Iván Cépeda, era tal la luz que emanaba, que hasta militantes de derecha lo buscaban para expresarle su cariño. Piero había dicho que la revolución se hace cantando, y cuando lanzó junto a la célebre artista Marilina Ross el tema “Hasta la toma del poder” como parte del “Cancionero por la Liberación”, invitó a todos los argentinos a unirse y buscar la democracia. Poco tiempo después interpretó junto a ella “Canción de cuna para despertar un hijo”, homenaje a Mariano, el primero de sus hijos recién fallecido por muerte súbita o muerte blanca. Y ahí su vida estalló en mil pedazos. Vino el sanguinario golpe militar en Argentina del triunvirato de la deshonra y se instaló una feroz dictadura, el llamado Proceso de Reorganización Nacional. La orden de los militares fue a asesinar a todos los cantores y artistas populares, entre ellos Mercedes Sosa, Víctor Heredia, Legón Gieco, y pegarle un tiro en la frente a Piero, así que partió al exilio cantando “Que se vayan ellos”, vivió en un viejo molino de aceitunas en Utandé, España (el cual luego fue adquirido por Daniel Samper Pizano), vivió sin agua, sin radio, sin electricidad, aprendió a sembrar la tierra y a esperar, y tras casi 4 años regresó a Montevideo, antes de ir a Buenos aires, entonando “Soy pan, soy paz, soy más”, “Fabulas de mar” y anunciando “Yo voy al sur” y “Vienen tiempos nuevos sobre mí”. El nuevo Piero había comprendido algo esencial: perdonar no es claudicar.
Su nuevo grupo musical se llamó Prema (que significa amor en sánscrito), y con él lanzó “Calor humano” y “Recuerdos”. Luego viajó por el mundo con Indra Devi, maestra y escritora letona-rusa, conocida como «la primera dama del yoga en América» siendo para Piero toda una revelación. No sólo aprendió que la autocuración es posible, descubrió en un tren en la India, en una pirámide de Egipto y en un barco en New York, que esa mujer menudita y atrevida, que le doblaba la edad, había sido su hija en una vida pasada. “La muerte no es el final”, sentenció, y así dio alas a una sospecha que desde hacía muchos años lo rondaba. Se comprometió más que siempre con la vida, y cantó “Amor, Esperanza y Testimonio” (tres de sus discos menos difundidos).
Piero fue, definitivamente, mucho más que un cantor popular. Nos dejó una impronta musical que no se borrará: “Para el pueblo lo que es del pueblo”, “Los americanos”, “Coplas de mi país”, “Vengo”, “Y mi gente dónde va”, “Llegando, llegaste”, “Como somos” y “Avisos clasificados”, entre muchas otras canciones que viajaron de boca en boca, de plaza en plaza, se instalaron en los corazones y se volvieron parte de la memoria colectiva. Algunos de sus temas fueron himnos para el peronismo, llamados a la democracia y de firme rechazo al fascismo, al militarismo salvaje y a los autoritarismos; en todas ellas se reveló su particular manera de amar, entender y vivir el mundo.

Su compromiso humano trascendió los destellos de las formas y de la fama, bien podía dormir una noche en un palacio, almorzar con un jefe de Estado, cenar en una casa campesina y amanecer en una lancha listo a surcar el río Ariarí, una de las principales fosas comunes al oriente de Colombia. Allí donde había una historia, una herida o una esperanza, encontraba motivos para acercarse y ofrecer su palabra. “La fama sirve para acercar y ayudar”, decía y lo asumía. Su música no se quedaba en el escenario; salía en busca de la gente, por la que sentía una autentica fascinación. Siempre lo hizo. En los 80s, siendo un artista aclamado en todo el continente, se propuso rescatar a los niños nini (que ni trabajan ni estudian) y garantizar para ellos soberanía alimentaria, tierra y derechos, recorrió en una camioneta pintada con flores parte de Argentina, creando comunidad y haciendo conciertos para recaudar fondos y construir guarderías infantiles y Ecogranjas (completó más de 200). Grabó un disco por los derechos de las niñas y los niños, con la participación de Pelé, Maradona, Juan Carlos Baglietto, Pedro Aznar, Mercedes Sosa, Silvio Rodríguez, Joaquín Sabina, Alberto Cortez, Miguel Cantilo, entre otros. El proyecto fue declarado de interés nacional y las regalías irían a la Unicef. Y no contento con ello, lanzó el concurso “Pintemos nuestros Derechos”. Cerca de 30 mil jóvenes nacidos en distintos países latinoamericanos participaron con sus trabajos, y en el Teatro General San Martín una veintena de ellos fueron premiados.
Cantó para multitudes, llenó plazas y teatros, habló de paz con el Papa Francisco y con el Nobel de Paz, Adolfo Pérez Esquivel, se sentó con estudiantes en una carpa, recorrió pueblos indígenas, abrazó monjas en una noche sin luna en Cali, animó la huelga de un ingenio azucarero, visitó trabajadores en las villas miseria y les habló a los guerrilleros de paz y ecología. Cantó en el Ópera y en los barrios populares, fue condecorado por Unasur, declarado ciudadano ilustre de varias ciudades y recibió una medalla bordada por una madre que había perdido a su hijo en el conflicto armado. Visitó a los presos, a los desahuciados, habló de derechos a las mujeres trabajadoras y les recordó a los gobiernos el deber de erradicar el hambre y la miseria. Participó en las cabalgatas por la paz en Ciudad Bolívar organizadas por REDEPAZ, cantó a los huérfanos en Granada, Meta, viajó por el Urabá antioqueño de la mano de Gloria Cuartas y Ana Teresa Bernal cuando allí todo era sangre, dolor y paramilitarismo, acompañó al Centro Nacional de Memoria Histórica -con Gonzalo Sánchez a la cabeza- en la búsqueda de relatos musicales de niñas y niños en contextos de abuso y violencia, abrazó a las víctimas de la guerra y aceptó con orgullo, la designación informal como embajador de paz de Colombia de buena voluntad.

En una entrevista que le hice cuando obtuvo el Premio Grammy a la Excelencia Musical en el 2016, le pregunté por el significado del codiciado premio. “No es nada -me dijo- se agradece, pero no es nada. El verdadero premio en esta vida lo tuve cuando recibí la nacionalidad colombiana”. Su amor por Colombia era intenso, profundo y genuino, y todos lo sabían. Colombia lo hacía sentir vivo. Y era tan así, que en la misa de despedida, que se realizó el viernes 9 de octubre en el cementerio de la Recoleta, bajo un cielo lloroso con esporádicos rayos dorados de esperanza, el sacerdote señaló que se había ido el cuerpo físico de Piero, pero que su alma viviría por siempre en Argentina o en Colombia, remarcó, país que amaba más que a cualquier otro.
Nada que hacer, pero si mucho para recordar y agradecer. Se fue el gran pez: el amigo, el ícono de la música “protesta y de propuesta”, el maestro de las cosas sencillas e importantes de la vida, como lo recordó su hijo Juan en una breve carta que me permitió compartir en la biografía Piero, mi querido Piero. En la página 117 lo llama The Big Fish. Y no por el tamaño de su celebridad, sino por la genuina humanidad que supo mantener a lo largo de una vida de servicio, compromiso y respeto por su vocación.
Piero, mi querido Piero: hoy eres viento, luz, ave y estrella. Eres también canción, memoria y camino. Y aunque duela despedirte, queda la certeza de que no hemos hecho lo mejor, pero aún podemos hacerlo.
*Maureén Maya Sierra es comunicadora social y periodista egresada de la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Es escritora y autora del libro biográfico Piero, mi querido Piero, y trabajó varios años como road manager de Piero en varias de sus giras musicales,
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