La cantante española Concha Buika, ganadora y con múltiples nominaciones a los Grammy, habló sobre la labor del arte a su paso por Colombia, en su más reciente concierto en el Teatro Colón de Bogotá.
Le pregunté a Buika qué decirle a quienes no entendían la importancia del arte y el valor de apoyar a los artistas.
—El arte sirve para que tengamos una referencia de lo que hemos sido, de lo que somos y de lo que podemos llegar a ser —me dijo—. No hay nada más maravilloso que la música para reconciliarse con la impermanencia. Tenemos la costumbre de pensar que todo lo que nos gusta tiene que ser para siempre; pero no es así, ¿sabes? A medida que escuchas una canción, desaparece: llega, te hace disfrutar, mueve tus sentimientos y de repente ya no existe. Me parece algo divino; me parece un regalo de Papá Dios y un milagro la impermanencia.
—Sin embargo —le expresé—, pasa no solo en este país, sino en todos los países, en este tiempo y en todos los tiempos, que los gobiernos o el poder de turno no les prestan a las artes la misma atención que a la guerra, por ejemplo. Y ahí vemos a los artistas esforzándose por explicar de mil maneras la importancia de su labor.
—Sí, pero nuestros jefes no son los gobiernos —respondió Buika—; nuestro jefe es la gente. El arte seguirá existiendo mientras la gente siga siendo nuestro jefe. Y eso no va a cambiar, estén los gobiernos que estén y hagan lo que hagan, porque mira: los gobiernos, ¿quiénes son? Son personas que también necesitan del arte. Yo les diría a los artistas de este país y de todos los países que mientras la gente esté de nuestro lado, el arte va a continuar.
Así es Buika. Le haces una pregunta o toma cualquier micrófono y te ilumina el mundo con el suyo; te habla de sus aprendizajes, sus vueltas por el mundo, de su historia, de su amor por la vida. Se hace llamar a sí misma «un soldado del arte» y declara con orgullo que es uno de los mejores soldados que tiene Dios, que para ella es ese milagro que te hace abrir los ojos todos los días.

Ha dicho que cree en los seres humanos, en la vida y en el amor, y que para ella no hay ser humano que no se pueda encontrar en la música, en el cine, en la literatura o en la pintura, porque el arte no rechaza a ningún ser humano, sea de la índole que sea.
Visitó Colombia y se presentó en el Teatro Colón como parte de la Temporada Jazz Expandido del Centro Nacional de las Artes y estuvo acompañada de la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia.
—Ha sido —me dijo con una sonrisa luminosa— maravilloso escucharles. Es una de las mejores orquestas con las que he tocado y suenan espectacularmente bien. Y luego el Teatro Colón, que es un símbolo de unión y de paz en este país tan bonito. Soy muy feliz de estar aquí, la verdad. Este es un país muy musical, y en Bogotá la música forma parte de la esencia de la ciudad.
Le cantó al amor eterno, a lo que definitivamente no es el amor, al desamor, a la nostalgia, a las simples cosas, a la rumba, a la soledad. Su concierto fue un homenaje a la memoria popular europea e hispanoamericana: a la cantante cubana La Lupe, al trío mexicano Los Panchos, a los copleros españoles de su tierra natal, al bolero puertorriqueño, al tango argentino, a la ranchera mexicana, al cante jondo y al barroco italiano de 1711.
Estaba descalza, con un vestido largo y ceñido en tono verde esmeralda, recubierto entero de lentejuelas y pedrería, con un hombro al descubierto y el otro con varias hileras de cuentas brillantes cayendo sobre la parte superior del brazo, en el que se podían ver sus tatuajes, y sus manos adornadas con algunos anillos dorados macizos esculpidos, y con la orquesta abrazándola por detrás. Entonces le dijo al público (refiriéndose a Lascia ch’io pianga, de Georg Friedrich Händel):
—Este tema lo suelen cantar las cantantes de ópera. Yo, con esta voz de perro, obviamente no me voy a lucir, pero la historia es maravillosa. Me enamoré de la canción y dije: «Me van a perdonar las cantantes de ópera, pero yo voy a cantarla». Habla de dos países enfrentados: por un lado, teníamos a la reina de un país; por el otro, al jefe de los ejércitos de otro país, y se enamoraron. Lo cual es horroroso, pero dentro de las personas ustedes saben que eso a veces nos pasa: que nos enamoramos del más gilipollas que conocemos. No pasa nada, que es el amor, que es así. La historia está en que al final ganó la guerra el ejército de la reina, y entonces ella tuvo que decidir entre el amor por su hombre o el amor por su pueblo, y se decidió por el amor a su pueblo, lo cual está perfectamente bien. Entonces tuvo que matarlo; y la noche antes de matarlo, de ordenar su muerte, porque era lo que le tocaba, ella cantaba esta canción. Dice: Lascia ch’io pianga mia cruda sorte, e che sospiri la libertà, que significa Deja que llore mi cruda suerte y que suspire por la libertad.

¿Voz de perro? Eso no es un invento de Buika, sino de un profesor que así la quiso insultar cuando era una niña. Cuenta ella que creció odiando su voz, pero con el tiempo aprendió a darle la vuelta a todo. Ni ella misma clasifica lo que hace —es lo que menos le gusta hacer—, pero es que no imita a nadie, no usa una fórmula académica y subyuga toda la música que la inspira a su singularidad. Su voz es como de grano grueso, rascada, pasada por un rallador, que huele a barro fresco. Nació en Mallorca en una familia proveniente de África y fue criada en Son Gotleu, un barrio predominantemente gitano. Es capaz de pasar en una misma frase de un hilo de voz ahogado a un volumen que retumba en todos los rincones. Es una hija del mundo —como le gusta señalar—, del lamento gitano andaluz y el canto espiritual africano.
—Mira, a mí me pasó una cosa, Mimi. Cuando yo nací, mis padres pidieron una ceremonia en el país de origen, en Guinea Ecuatorial. Mi familia pertenece a una tribu que se llama la tribu bubi. Y entonces escogieron como nombre para mí Kitailo, que es un nombre precioso, tribal. Pero cuando fueron a bautizarme a la iglesia, el cura dijo que no, porque no se permitían los nombres tribales, y me llamaron María Concepción. Entonces Kitailo se quedó ahí dentro encerrada, y pensaban que la habían matado. Pero no la habían matado: ella se quedó ahí dentro calladita, aprendiendo, creciendo, y ahora reclama su sitio y quiere volver. Y eso es lo que está pasando; por eso mi nuevo disco.
Se refería a Bailando, su nuevo sencillo, en el que experimenta nada menos que con música electrónica y afrobeat con el mismo nivel de siempre.
—En realidad —me contó—, yo siempre he sido muy ecléctica con la música. Yo he grabado de todo, y en muchísimos idiomas, muchos estilos. Por ejemplo, aquí estoy con un espectáculo sinfónico, tengo también la banda normal, hago electrónica, hago de todo. Yo es que soy una disfrutona de la vida, hermanita. Yo vine aquí a disfrutar de todo, de absolutamente todo, y quiero disfrutar de todo antes de irme. De todas maneras, mi primer disco ya fue así, fue bastante electrónico.
—Es una canción que señala el milagro de estar vivas —añadí.
—Sí —respondió—, una canción que de lo que habla es de reconciliarse con la naturaleza de cada uno, de que nosotros hemos venido a este mundo a ser lo que somos, no a cumplir con las expectativas de la imaginación de otros.
—Se nos hace muy difícil abrirnos a entender que es por medio del arte que accedemos al conocimiento del misterio y a la maravilla de estar vivos.
—Porque estamos siempre concentrados en el «nos»: nosotros, nos, nos. Olvídate de eso: tú, yo. Yo disfruto. El «nos», quítatelo, porque ¿sabes qué pasa Que cuando estás constantemente diciendo: «¿Por qué nos cuesta tanto hacer esto?, ¿por qué nos es tan difícil lo otro?», te estás metiendo en un grupo de personas que piensan que no se puede. Independízate del grupo, reconoce que tú sí puedes y disfrútalo. Y si todos hacemos ese ejercicio, estaremos todos bien. Mira, yo aprendí una cosa de un cuento maravilloso, que es que no te preocupes de cómo están las ramas o las hojas de una planta: si la raíz está bien, solo tienes que podar y esperar a que llegue la primavera.
—El origen es muy importante en todos sus niveles. El origen también es conocimiento.
—Sí, porque tú tienes un conocimiento de tu persona: tú conoces quién eres, los demás solo lo imaginan. Por eso no tenemos que estar preocupados en qué piensan los demás de nosotros, porque nunca acertarán. Tú eres una conciencia de ti. Los demás solo fantasean. Entonces, por favor, no se preocupen nunca más, jamás, de lo que los demás opinen, de lo que los demás piensen. Y yo tampoco tengo por qué entrar en tu mente y forzarte a cambiar tu manera de pensar. Porque me parece que sería una transgresión, ¿sabes? Entonces, quedémonos a gusto ya con nuestro personaje y felices al fin de saber que la vida nos quiere. Porque si no, no estaríamos aquí.
—Y nos encontramos en el concierto, que es un lugar que nos acoge a todas las personas.
—Fíjate qué cosa más curiosa: están intentando constantemente hacernos pensar que estamos separados. Por ideologías, por banderas, por creencias. Y los teatros te demuestran que no. Estamos todos juntos en el teatro disfrutando no solamente de la música, disfrutando de que estamos juntos. Independientemente de cuál sea nuestro credo político, nuestro credo de partido de fútbol, no importa. En el teatro estamos todos juntos y estamos todos de acuerdo.
Lo último que le dije fue lo mucho que había resonado en mí aquello de ser un soldado del arte.
—Todas y todos deberíamos declararnos soldados del arte —pensé en voz alta.
—Pues mira —me respondió, y así terminó esta entrevista en la que imaginé que con su frase brindábamos a la distancia por todo lo que habíamos hablado—, yo te voy a decir una frase con la que te lo voy a resumir: quien no vive para servir, no sirve para vivir.