Christian Mondragón es uno de los publicistas que idearon el bolígrafo hecho con una bala con el que se firmó el Acuerdo de Paz de 2016. Cuenta cómo nació, una historia que para él empieza en la violencia que sufrió su familia, y habla del retiro del balígrafo del Museo Nacional por orden del Gobierno de Abelardo de la Espriella.
El 15 de octubre, el Museo Nacional desmontó una treintena de piezas de sus salas por orden del Gobierno, que las considera apología del terrorismo. Entre ellas estaba el balígrafo, un casquillo de bala convertido en bolígrafo con la inscripción “Las balas escribieron nuestro pasado, la educación escribirá nuestro futuro”. Con él firmaron Juan Manuel Santos y Rodrigo Londoño el Acuerdo de Paz en Cartagena y en el Teatro Colón.
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El objeto no nació para esa firma. Fue una campaña del Ministerio de Educación, creada en la agencia McCann en 2015, para celebrar que por primera vez el presupuesto de educación superaba al de la guerra. Uno de sus creadores, Christian Mondragón, habló con CAMBIO desde Irvine, California.

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CAMBIO: ¿Cómo recibió la noticia del retiro del balígrafo del Museo Nacional?
Christian Mondragón: Me sorprendió muchísimo. Empecé a buscar en todos los medios para ver si era real, porque en esta época hay mucha desinformación. Cuando vi la confirmación en medios oficiales me dio mucha tristeza. Soy publicista, pero trabajo mucho en lo social, y me parece gravísimo lo que está pasando. Básicamente están dañando la reconstrucción de la memoria del país.
CAMBIO: ¿Cómo empezó su historia con el balígrafo?
C.M.: Tengo el orgullo de decir que la idea la sacamos con mi dupla, José Rodríguez. A la agencia en la que yo trabajaba llegó el Ministerio de Educación. Querían comunicar que, por primera vez, se iba a invertir más en educación que en la guerra. Yo no fui invitado al proyecto. De hecho, me pusieron más trabajo para liberar a otros compañeros.
CAMBIO: ¿Entonces por qué se involucró?
C.M.: Porque el tema de la violencia y de la memoria me toca muy de cerca. Mi familia materna fue desplazada por la violencia en el Valle. Mi mamá y mi abuelita llegaron muy golpeadas. Eran campesinas y las sacaron literalmente de la montaña. Pero de eso no se habla. Nadie quiere decir nada, y eso es muy doloroso, porque no puedes saber qué sucedió realmente. Hasta hoy no he logrado saber nada.

Y hay un segundo hecho. Tengo una hermana que desde 2013 tiene una bala clavada en la columna. Hoy no camina. En su momento me dio mucha rabia y no sabía cómo desahogar esa emoción.
Cuando vi ese brief, porque ni siquiera me llegó a mí, pensé que ahí había una oportunidad de hacer algo con un sello personal, de empezar a sanar y de trabajar por la paz. Para alguien cuyos familiares directos han sufrido la violencia tan de cerca, el mensaje era claro. No podemos seguir sufriendo esto.
CAMBIO: ¿Cómo surgió la idea concreta
C.M.: En medio de una lluvia de ideas se nos ocurrió tomar literalmente los casquillos de las balas de la selva y convertirlos en un esfero que hablara por la educación. Vimos que ya existían otros esferos hechos con balas, así que necesitábamos un argumento muy fuerte para vender la idea. El argumento fue que este iba a ser el esfero con el que se firmaría la paz del país. Así de ambicioso lo sentimos. No era el objetivo de comunicación, pero salió así y en eso se convirtió.
CAMBIO: ¿Cómo se fue armando el resto de la campaña
C.M.: Poco a poco fuimos añadiendo detalles. Alguien propuso escribirle una frase a la bala, y así llegó la que dice “Las balas escribieron nuestro pasado, la educación escribirá nuestro futuro”. Luego decidimos enviarlo a escritores, periodistas y poetas para ver cómo se imaginaban una Colombia en paz. Se fue sumando un equipo muy valioso dentro de la agencia, gente de relaciones públicas y de medios. La inversión fue muy poca y la campaña solita fue generando noticias, hasta que el balígrafo llegó a manos de gente muy importante, como el papa Francisco, la reina Isabel, François Hollande y artistas como Sting y Juanes.

CAMBIO: ¿Cuándo llegó ese encargo del Ministerio?
C.M.: Debió de ser hacia julio o agosto de 2015. En octubre de ese año gané un concurso de nuevos talentos, viajé a Las Vegas y ahí compartí el proyecto con alguien que también lo ayudó a crecer. Ya estaba en marcha el proceso de paz de La Habana, por eso no me pareció tan loco pensar que podía usarse en la firma. Todo el mundo me decía “Ni lo sueñe”. Pero sí pasó.
“Todo el mundo me decía “Ni lo sueñe”. Pero sí pasó”
CAMBIO: ¿Cuántos balígrafos se fabricaron?
C.M.: Le pedimos a la Armada los casquillos y nos dieron más o menos 250. Muchos se dañaron en el proceso, porque se hacían pruebas para que duraran en el tiempo. Al final se entregaron unos 200, sobre todo a escritores, poetas, periodistas y alcaldes.
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CAMBIO: El Gobierno dice que el balígrafo y las otras piezas retiradas son apología del terrorismo, o símbolos de procesos que no debieron ocurrir. ¿Qué opina de esos argumentos?
C.M.: Lamentablemente, politizaron la paz, y la paz no se puede politizar en ningún momento. Es un derecho humano fundamental. Cuando la conviertes en una bandera de batalla y la polarizas, se vuelve algo subjetivo y puedes inventarte cualquier cosa, como que incentiva la violencia o que le rinde honor a la violencia, cuando no es así. Además, el balígrafo hace parte de la memoria a la que todos tenemos derecho. Sin esa memoria sería muy difícil conocer la historia del país. No sabríamos quiénes somos.
“Sin esa memoria sería muy difícil conocer la historia del país. No sabríamos quiénes somos”
CAMBIO: Nació para celebrar que la educación superaba al presupuesto militar y terminó como símbolo de la firma. ¿Qué representa para usted hoy, en 2026?
C.M.: A nivel personal, mucho orgullo. Tuve la oportunidad de ir al Museo Nobel de la Paz en Estocolmo para verlo de primera mano, porque no nos creíamos que una idea salida de un brief de comunicación se hubiera convertido en un símbolo de paz tan importante para el país.
Cuando la idea todavía estaba en el lienzo teníamos muchas dudas. ¿Qué va a decir la gente? ¿Va a ser polémico? Alguien nos aconsejó no juzgarlo como lo veíamos en Colombia, sino verlo con los ojos del mundo y preguntarnos qué íbamos a inspirar con esa idea. Eso cambió totalmente nuestra visión, porque estábamos con una mirada sesgada y todavía un poco política, pensando que la oposición le iba a dar duro. Cuando el balígrafo salió del contexto nacional y personalidades muy importantes lo vieron afuera, uno se dio cuenta del poder de ese mensaje.
Promover la paz no es solo decir “no hagamos la guerra”. Es salvar vidas. En su momento nos preguntábamos cuántas vidas se salvan si la guerra se detiene una semana. Si en un día se salvó una vida, eso ya es inmenso. Creo que ese significado es casi infinito.
“Promover la paz no es solo decir “no hagamos la guerra”. Es salvar vidas”
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CAMBIO: ¿Teme que esta decisión opaque el legado del balígrafo, o cree que la ciudadanía lo va a cuidar con más atención?
C.M.: Por algo pasan las cosas. No sé si es una alineación de estrellas o algo místico, pero el hecho de que haya llegado al Museo Nobel de la Paz lo protege mucho. Aunque lleguen ideologías políticas que quieran borrarlo, les va a ser difícil ir a sacarlo de allá con una orden. Y paradójicamente, lo que hicieron le dio vida.
Ya estamos a diez años de ese acuerdo y creo que la gente había olvidado un poco su importancia. Fue la primera vez en casi 60 años que se negoció directamente con las FARC hasta firmar. Siento que esto lo reaviva, aunque lamentablemente no para bien. Es muy importante que el balígrafo esté en nuestros museos como parte de la reconstrucción de la memoria. Y esa reconstrucción no puede tener un solo punto de vista. Tiene que contar con los de todos los actores, por más incómoda y dolorosa que sea la verdad. La necesitamos siempre. Si no, vamos a estar condenados a repetir, atrapados en un bucle de guerra, que es de hecho lo que estamos viviendo.
“La reconstrucción de la memoria no puede tener un solo punto de vista. Tiene que contar con los de todos los actores, por más incómoda y dolorosa que sea la verdad”
CAMBIO: ¿Sabe a dónde va a parar el balígrafo que estaba en el Museo Nacional?
C.M.: De eso no tengo información.
CAMBIO: De todo lo que pasó con el balígrafo, ¿qué fue lo que más lo conmovió?
C.M.: Lo más importante para mí es que esté en dos museos. El Museo Nobel me parece tan importante como el Museo Nacional. Pero también me conmovieron cosas menos mediáticas. Yo hice directamente las entrevistas con los escritores. Celso Román decía algo así como que era la primera vez que una bala te llegaba al corazón sin hacerte daño, por lo que se podía escribir con ella.

Y Fernando Soto Aparicio escribió poemas para la paz con el balígrafo. Al poco tiempo, creo que unos seis meses después, falleció. Podríamos decir que fue de lo último que dejó escrito. Me regaló un libro de poemas por la paz. Cuando murió fue un momento muy sensible para mí, porque era una persona que creía demasiado en la paz.
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CAMBIO: El balígrafo también ganó un León de Oro en Cannes.
C.M.: Sí, pero para mí eso es lo menos relevante. Cuando un trabajo trasciende y se vuelve parte de la cultura y de la historia de un país, lo de Cannes queda chiquitico. Hay pocas piezas publicitarias en un museo Nobel. Eso trascendió la comunicación y la publicidad, y me enseñó mucho sobre mi propósito de vida. Por eso en mis trabajos siempre busco la parte social.