Galardonado con el Premio Gonzalo Jiménez de Quesada por sus contribuciones a Bogotá, el arquitecto y humanista Carlos Roberto Pombo Urdaneta es, a la vez, ciudadano ejemplar y memoria viva de una ciudad más grande que muchos países. Su obra arquitectónica es ejemplo de belleza y eficiencia espacial.

Por Alexander Velásquez

Una ciudad puede explicarse a partir de un hombre, su vida y su obra. Carlos Roberto Pombo reflexiona sobre Bogotá y su destino. Le cabe la ciudad en el papel, pero también en su cabeza. En su mente prodigiosa conviven la urbe de hoy, la aldea de ayer y la metrópoli de mañana: la que cumplirá 500 años de fundada en 2038.

La Sociedad de Mejoras y Ornato de Bogotá acaba de concederle el Premio Gonzalo Jiménez de Quesada, edición 2026, “por su dedicación a la investigación sobre la historia de Bogotá, su desarrollo urbanístico y humano, y por su compromiso con la construcción de civilidad”. Su trayectoria profesional e intelectual está ligada de manera entrañable a Bogotá, siendo una de las figuras contemporáneas más activas en el análisis, la preservación y la prospectiva del desarrollo urbano y social de la capital colombiana y su región.

En su condición de arquitecto experto en planeamiento urbano, politólogo investigador, escritor, catedrático y agudo columnista, interviene de manera constante en asuntos públicos como la participación ciudadana, el desarrollo territorial y planeación urbana sostenible.

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Así anunciaba la ciudad los festejos del cuarto centenario en 1938, año en que se creó el premio Gonzalo Jiménez de Quesada. Foto: archivo de la Sociedad de Mejoras y Ornato de Bogotá.

Asimismo, le preocupa la preservación de la Sabana y su ordenamiento impostergable alrededor del agua. Como urbanólogo, ha defendido la idea de buscar un equilibrio entre la estética de la ciudad, la preservación patrimonial y su funcionamiento eficiente. En esta lucha, ha combatido sin tregua lo que él llama los “edificios adefesios” que han deformado la estética de la capital.

La palabra ‘urbanólogo’ no existe en el diccionario, pero es la manera como lo definen hoy a este bogotano quienes conocen su comprensión humana de la ciudad y su impecable currículo: ha dedicado 60 de sus 81 años de vida a conocer la ciudad y trabajar por ella como arquitecto javeriano (1969), con estudios en Sociología Urbana, una maestría en Ciencia Política y otra en Finanzas. En 1998 creó la Fundación Amans Urbem (‘El que ama la ciudad’), para entender la importancia de la gobernanza y la participación ciudadana desde la organización comunitaria.

Carlos Roberto Pombo nació en 1945. Fue jefe de la División de Investigaciones del Instituto Geográfico Agustín Codazzi (IGAC) en 1970 y también director del Departamento Administrativo de Planeación Distrital (1974), secretario de Obras Públicas de Cundinamarca (1976), miembro del Consejo Superior de Vivienda y Desarrollo Urbano (1977), miembro del Consejo Distrital de Patrimonio Cultural, CDPC (2014), presidente del Consejo Territorial de Planeación Distrital, CTPD (2019) y, desde 2014, preside la Sociedad de Mejoras y Ornato de Bogotá, además de ser presidente de la Federación Nacional de Sociedades de Mejoras Públicas de Colombia desde 2025.

Sus aportes han sido claves para la formulación de la política pública. Desde el CTPD, la máxima instancia consultiva de planeación ciudadana en Bogotá, lideró, como consejero y presidente, la revisión, evaluación ciudadana y formulación de conceptos críticos sobre las propuestas del Plan de Ordenamiento Territorial (POT), el cual define los lineamientos normativos sobre uso del suelo, conservación ambiental, espacio público, expansión urbana y densidad poblacional.

Su obra arquitectónica

Pombo, el arquitecto, se emociona al hablar del término ‘retícula ordenadora’. En medio de la conversación abre su libro Una creación arquitectónica para el hombre para explicar de qué se trata. El concepto surgió en los años 70 a partir de un modelo traído de la universidad de Berkeley por el ingeniero Pablo Sáenz, el cual permitía hacer análisis de sensibilidad sobre la estabilidad y los costos de las estructuras. En lugar de la modulación tradicional basada en cuadrados o rectángulos, la estructura se compone de triángulos equiláteros, lo cual le otorga una rigidez especial a la edificación y le brinda protección antisísmica, además de abaratar los costos estructurales y permitir una mayor eficiencia espacial y luces más amplias entre columnas.

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Carlos Roberto Pombo Urdaneta.

En su primera obra, el edificio San Cristóbal (1976), la retícula se hace evidente en la fachada, donde la estructura se proyecta hacia el exterior para enmarcar y resaltar el minucioso trabajo del ladrillo. Esta cuadrícula visible acompaña elementos constructivos como las alfajías y un borde de placa inclinado —conocido como ‘pechi paloma’— que funciona como gotera, demostrando así una lógica en la que la retícula no solo sostiene el edificio, sino que organiza visualmente su lenguaje arquitectónico inicial. “Lo interesante es que este edificio es contemporáneo, no le pasan los años”, afirma.

Para él, la retícula no es únicamente una herramienta geométrica del trazado urbano, sino que marcó la transición hacia los retos contemporáneos del urbanismo en Colombia. Este concepto fue evolucionando en las demás construcciones que llevan la impronta de la atemporalidad del urbanista: el edificio San Isidro, el de las Terrazas de Santa Ana o el edificio Parque Santa Paula, entre otros. También son obras suyas la reforma del convento Madres Concepcionistas Franciscanas y la sede de la Conferencia Episcopal en épocas de monseñor Mario Revollo.

Ciudadanos cada vez más viejos

Bogotá enfrenta hoy una carrera contra el tiempo, pues se está transformando silenciosamente en una metrópoli de viejos (para el año 2030, por cada 100 niños en la capital habrá 80 adultos mayores). Mientras analiza el fenómeno de las ventas ambulantes alrededor de la Plaza de Bolívar, el corazón del poder de la ciudad y del país, comenta con preocupación: “Es difícil saber cómo planificar una ciudad que no crece. Ya el problema no es cuantitativo sino cualitativo. La informalidad deja mucho que desear frente a una recuperación de la pobreza en la ciudad, porque estos vendedores ambulantes no cotizan a pensión ni a salud. Los ingresos de esta población no dan para comprar vivienda nueva; hay una gran contradicción entre las condiciones socioeconómicas de la ciudad y la ciudad que no crece”.

Su mirada compleja e incluyente desde la civilidad

Al graduarse como arquitecto, encaminó su vocación hacia una comprensión profunda y humana de la urbe. Su primer trabajo en la Jefatura de la División de Investigaciones del IGAC lo confrontó con las realidades más contrastantes e inequitativas del país desde la selva del Putumayo y los desiertos de La Guajira, hasta las periferias de la capital. Trabajó con comunidades, organizaciones sociales y jóvenes de diferentes municipios (en Cundinamarca, Antioquia y Soacha), para formular los Planes de Ordenamiento Territorial (POT), así como obras en colegios y parques públicos.

Su mirada y sensibilidad hacia las poblaciones vulnerables se forjaron de manera decisiva al trabajar en un proyecto de cartografía en el sector de Meissen (1975), un asentamiento de migrantes ubicado en Ciudad Bolívar. Allí, en medio de condiciones sociales «sórdidas y deprimentes», vivió de cerca el drama de las comunidades marginadas, colaborando activamente con el párroco local en labores de auxilio comunitario e impulsando una visión del desarrollo urbano enfocada en aliviar carencias. En el barrio Meissen creó “la primera casa del pueblo”, concepto antecesor de lo que hoy se conoce como ‘manzanas del cuidado’.

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La primera persona que recibió el Premio Gonzalo Jiménez de Quesada fue el sacerdote José María Campoamor por su «cristiana labor social» en favor de los pobres. Así lo anunciaba el semanario Noticias, propiedad del Círculo de Obreros. Foto: archivo de la Sociedad de Mejoras y Ornato de Bogotá.

Inspirado por el pensamiento complejo de Edgar Morin y la colaboración con maestros como Julio Carrizosa, Pombo cuestionó las teorías urbanas tradicionales. Para él, la planificación no se reduce a trazar calles, zonificar o multiplicar proyectos inmobiliarios: el verdadero urbanismo es un fenómeno multidimensional que entrelaza demografía, sociología, economía, cultura y humanidades.

“Hay más ciudad que ciudadanía”

Advierte que el vertiginoso crecimiento físico de la infraestructura no ha sido acompañado por el fortalecimiento del tejido social ni por una cultura ciudadana compartida: “Hay más ciudad que ciudadanía”, observa.

Su idea de ciudad está basada en la solidaridad hacia los más débiles, el respeto institucional, la empatía y el sentido de pertenencia de todos sus habitantes. Apela a que el sector privado trascienda la mera construcción de edificaciones y se comprometa de manera activa con una convivencia armónica e incluyente. Para este hombre, la arquitectura y la planeación urbana cobran su verdadero sentido cuando se ponen al servicio de la dignidad humana y la equidad social.

Cada conversación con él es un ir y venir por la historia de la ciudad y sus transformaciones. Cuando nació, en 1945, Bogotá apenas llegaba al medio millón de habitantes. “Bogotá, en los años 50, llegaba hasta la calle 80: eran potreros y potreros. La calle 94 eran los extramuros de la ciudad. No había nada desarrollado. Hoy es una ciudad de 40.000 hectáreas, con cerca de 8 millones de habitantes, más grande que algunos países de Centroamérica”, sostiene.

Ha documentado de manera rigurosa cómo los fenómenos sociales del país moldearon a la capital. De su bibliografía forman parte las obras Génesis de la democracia local en Colombia y la planeación participativa, editado por la Universidad El Rosario, Demografía, violencia y urbanización y Discordia y progreso, en las cuales analiza la transformación física, demográfica y urbanística de Bogotá durante el siglo XX. También es autor de los libros Ciudadanía y civilidad y Bogotá asediada siglo XIX, publicados por la Sociedad de Mejoras y Ornato de Bogotá.

Cuidar a Bogotá a través de la ‘urbanología’

Desde la presidencia de la Sociedad de Mejoras y Ornato de Bogotá (SMOB), ha promovido el respeto por la ciudad y lo público, al tiempo que alienta las relaciones armónicas entre sus habitantes. En su legado se cuentan el programa Construyendo Civilidad-Cátedra Bogotá (que busca formar buenos ciudadanos, líderes y participativos), DataCivilidad (plataforma digital que centraliza más de dos siglos de información sobre crecimiento poblacional y transformación de la capital), lo mismo que las publicaciones que forman parte de la serie Construyendo civilidad y la apertura de espacios para incentivar la participación ciudadana.

“A la administración pública no le gusta mucho que la ciudadanía participe. Por lo tanto, son las organizaciones sociales y las de la sociedad civil las que deben hacer todo su empeño para lograr un ciudadano más respetuoso y solidario, que busque la participación incidente a través del voto, de la consulta popular y de las veedurías ciudadanas”, advierte.

Carlos Roberto Pombo ha consagrado su vida a lo que él denomina la ciencia de la ‘urbanología’, el estudio, pensamiento y cuidado de Bogotá, bajo la convicción de que el espíritu de la civilidad es la única respuesta posible para prevenir el caos y la decadencia urbana. “La civilidad es una fuerza potente que permite transferir emociones, amores, querencias; querencias a la ciudad, querencias con el otro”, concluye este urbanólogo de Bogotá, un hombre sensible, sencillo y ajeno a las adulaciones.

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