El acordeón que durante décadas acompañó a Náfer Santiago Durán Díaz quedó en silencio. Según la información conocida sobre su fallecimiento, el legendario juglar vallenato murió a los 93 años, dejando atrás una historia construida entre El Paso, Cesar, las viejas parrandas, las canciones nacidas del amor y una corona que lo instaló para siempre entre los grandes nombres del vallenato tradicional colombiano.
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La noticia golpea especialmente a una generación que vio en “Naferito” mucho más que a un acordeonero. Hasta sus últimos años se negó a desprenderse del instrumento que había marcado prácticamente toda su existencia. Apenas en julio de 2026 había resumido esa relación con una frase que ahora adquiere otra dimensión: “Dejar de tocar mi acordeón es morir en vida”.
Detrás de esas palabras había una vida entera. Nacido en El Paso, Cesar, el 26 de diciembre de 1932, Náfer perteneció a una familia atravesada por la música y fue hermano del mítico Alejo Durán, primer Rey Vallenato. Pero el apellido no le aseguró un lugar en la historia: tuvo que conquistarlo nota por nota, y hubo un año que lo cambió todo.
Náfer Durán y la corona que marcó su historia
En 1976, Náfer Durán se coronó Rey Vallenato en la categoría profesional del Festival de la Leyenda Vallenata. La Fundación Festival de la Leyenda Vallenata conserva su nombre en el cuadro oficial de monarcas, justo después de Julio de la Ossa y antes de José María “Chema” Ramos. Festival Vallenato
Siete años después ocurrió algo todavía más particular. En 1983 quiso regresar por otra corona, pero fue declarado fuera de concurso, reconocimiento que la propia Fundación destaca como un episodio excepcional de su trayectoria. Para entonces ya no necesitaba demostrar demasiado: su acordeón había empezado a escribir otra historia que terminaría ligada a uno de los artistas más populares que ha tenido Colombia.
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Ese vínculo comenzó también en 1976, cuando grabó Herencia Vallenata junto a un jovencísimo Diomedes Díaz. Aquella producción representó el debut discográfico del futuro “Cacique de La Junta”, por lo que Náfer recordaría durante años, con orgullo, haber sido el acordeonero que ayudó a abrir aquella primera puerta.
“Me siento orgulloso de ser el acordeonero que sacó a la luz pública a Diomedes Díaz”, recordó años después al hablar de aquel episodio. El tiempo terminaría convirtiendo esa grabación en una curiosidad fundamental de la historia vallenata: antes de las multitudes, los discos y la leyenda de Diomedes, estuvo el acordeón de Náfer.
Pero sus recuerdos más íntimos no estaban ligados únicamente a coronas y artistas famosos. Había una canción que lo llevaba mucho más atrás.
‘Sin ti’, la canción que nació de una ausencia
Entre las composiciones de Náfer Durán, pocas guardaban tanta historia personal como ‘Sin ti’. El tema nació por Rosibel Escorcia Mure, la mujer que acompañó buena parte de su vida, después de una separación temporal que dejó al músico cargando la ausencia mientras se encontraba en Mompox.
En una crónica del periodista especializado en vallenato Juan Rincón Vanegas, Náfer recordó que estaba en una de sus correrías cuando la distancia comenzó a pesar. Entonces apareció la canción. Al regresar, decidió llevarle una serenata a Rosibel, sin imaginar todavía la noticia que ella tenía reservada.
“Ella abrió la ventana y me sonrió. Enseguida pensé que la canción había caído bien”, relató el juglar. Después vendrían el abrazo, el beso y una revelación: Rosibel estaba embarazada. De aquella historia de amor nació también una familia numerosa, pero la melodía terminó viajando mucho más lejos de lo que él habría imaginado.
Náfer contaba que ‘Sin ti’ era una de sus canciones más escuchadas y recordaba con especial cariño la interpretación que hizo Carlos Vives. También aseguraba que era una de las composiciones predilectas de Consuelo Araujonoguera, figura esencial en la historia del Festival Vallenato. Sin embargo, todavía quedaban fronteras insospechadas por cruzar.
El día que escuchó una de sus canciones en francés
Uno de esos episodios ocurrió en Francia, en 2009, cuando Náfer escuchó ‘La Chimichagüera’ interpretada en francés. El viejo juglar, acostumbrado a contar historias nacidas entre pueblos del Caribe, descubrió entonces que una de ellas había atravesado el océano.
“¿Quién iba a pensar que esa historia pueblerina de amores y vivencias llegara tan lejos?”, recordó posteriormente. La composición estaba vinculada a Bernarda Cervantes y había sido grabada años atrás por Rafael Orozco y Emilio Oviedo.
Era, en el fondo, la prueba de algo que Náfer había visto ocurrir durante toda su vida. El vallenato que conoció cuando las parrandas implicaban largos viajes en burro, caballo, lancha o vehículos maltrechos terminó convertido en una música escuchada mucho más allá del Caribe.
Él mismo describía ese cambio con sencillez: antes, decía, “la plata poco se veía”, pero el corazón se llenaba de emoción cada vez que la música aparecía. Décadas después, ese mismo folclor había conquistado grandes escenarios, mientras Náfer seguía defendiendo una forma de tocar y contar que consideraba heredada de los antiguos juglares.
El legado que Náfer Durán quería dejar
Cuando hablaba sobre el futuro, el maestro no pensaba primero en premios ni en discos. Pensaba en sus hijos, sus nietos y en la continuidad de una de las grandes dinastías del vallenato.
“El patrimonio más grande que les voy a dejar es que nunca olviden el camino del folclor vallenato, para que la dinastía Durán sea eterna”, manifestó en aquella conversación con Juan Rincón Vanegas. Y allí estaba quizá su mayor preocupación: que las nuevas generaciones no olvidaran de dónde venían aquellas notas.
Hasta edad avanzada siguió tocando y componiendo. A comienzos de 2026, con 93 años recién cumplidos, todavía aparecía con el acordeón sobre el pecho, el mismo instrumento al que se había acercado desde niño y del cual nunca consiguió —ni quiso— despedirse.
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Ahora, con su partida, el vallenato colombiano pierde a uno de los hombres que conocieron la música cuando todavía viajaba principalmente de boca en boca y de parranda en parranda. Quedan la corona de 1976, aquel primer disco con Diomedes, las historias familiares y las canciones. Pero sobre todas ellas queda una frase que terminó pareciéndose demasiado a una despedida: para Náfer Durán, dejar de tocar el acordeón era “morir en vida”. Esta vez el fuelle se detuvo, aunque las notas que dejó difícilmente lo harán.
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