En cuestión de dos meses, el gobierno de Abelardo de la Espriella ha convertido a Colombia en un estado confesional que le rinde culto a la violencia, que censura toda forma de entender el mundo contraria a la suya y que persigue de maneras insidiosas a los críticos. Da grima ver a esos funcionarios que uno creía demócratas –el lamentable vicepresidente es el primero, pero se me vienen a la mente varios ministros– mirando para otro lado o guardando un silencio cómplice mientras su jefe destroza la Constitución, que es laica y pluralista: pues el laicismo y el pluralismo son el diablo para nuestro gobierno evangélico. Y eso por no hablar de la libertad de prensa (que De la Espriella hipócritamente dice defender mientras presiona, con éxito, para que se despida a los periodistas que no le gustan) o de la convivencia y la mera concordia.
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