Ya se ha dicho muchas veces: con los resultados del pasado martes comienza el fin de la era Trump. Yo así lo creo y además lo espero, porque esta década de trumpismo no sólo ha destrozado el orden mundial (ese gran cliché) sino que ha degradado a los ciudadanos. A Donald Trump le quedan dos años en los que intentará romper lo que pueda, porque a partir de enero próximo no será solamente lo que en inglés se llama un pato cojo: será un pato cojo resentido, narcisista y sociópata que no tiene ya nada que perder. Luego se irá; y, si los demócratas consiguen recabar un mínimo de sensatez, presentarán un candidato que les permita volver a la Casa Blanca para reparar los destrozos —económicos, políticos, éticos— que Trump deja tras de sí. Pero hay destrozos que no se reparan, o no de inmediato. Trump no solo ha servido de paraguas a los autoritarios y a los plutócratas, no solo ha minado las instituciones con las cuales el mundo intenta ser más vivible, sino que ha normalizado el uso de la crueldad como arma política. Lo que escandalizaba a tantos en 2016 —la burla contra un periodista discapacitado, el menosprecio del sufrimiento de un prisionero de guerra— ya no levanta una ceja. Y ésta es una transformación que no es política, sino moral, y que no se irá a ninguna parte cuando se vaya el nefasto presidente.
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