“JD, habibi [querido, en árabe]”, le dijo Abdul El-Sayed al vicepresidente de Estados Unidos, JD Vance, tras ganar su histórico escaño por Míchigan. Lo hacía con una ironía que solo se permite quien vence, interpelando al hombre que lo había llamado “malvado” en un mitin, para recordarle que tendrá que tomarle juramento en enero. Hay algo extraordinario en esa escena porque nos revela un sentido profundo de la democracia. Vance tendrá que reconocer públicamente la victoria de quien había tratado de deslegitimar como adversario político. Y es que la democracia no exige que los rivales en las urnas se aprecien a nivel personal, pero sí que reconozcan su derecho a existir políticamente. Puede que esa sea la victoria más importante de la noche.
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